John Elkann, presidente de la marca y artífice del fichaje del británico, da un inequívoco toque de atención a sus pilotos después de que el campeón definiera su experiencia en la fábrica como una “pesadilla”

Nadie pone en duda la valentía de los pilotos de Fórmula 1, aunque hay veces que uno se llega a plantear si son ellos los más intrépidos del paddock, sobre todo al escuchar según qué sentencias. Hay una, muy de moda en la época en la que Fernando Alonso vestía el mono de Ferrari, recuperada por alguno recientemente y que gira alrededor del músculo comercial de la Scuderia. “Ferrari es una de las mayores maniobras en la historia del marketing, porque arrastra una legión de adeptos brutal en todo el mundo gracias al relato de éxito que ha creado, pero que ya no se sostiene”, se oye de nuevo en los corrillos. Por más atrevido que suene, a uno se le hace difícil rebatir este punto de vista si tenemos en cuenta que el último título de la escudería data de 2007 y que fue aquel que se llevó Kimi Raikkonen gracias a la lucha fratricida que mantuvieron Fernando Alonso y Lewis Hamilton, en el primer año de ambos en McLaren. Desde entonces han ganado todas las estructuras que se pueden catalogar actualmente como grandes (McLaren, Red Bull y Mercedes) y también alguna que apareció como outsider, como Brown GP (2009). Ferrari lo tuvo a tiro en 2010 y en 2012, en ambos casos con Alonso, para después precipitarse al vacío, en una caída que ni la llegada de Hamilton ha logrado detener.