Es la primera mujer, que además no tiene sangre Rothschild ni es judía, en dirigir el principal banco de la mítica saga de financieros. Advierte de que se está gestando una burbuja en la Bolsa: “Las valoraciones son muy altas”
Rothschild. Basta pronunciar este apellido para evocar dinero, poder e intrigas. La chequera de la dinastía ha financiado durante 250 años buena parte de la Historia con mayúsculas. Desde las guerras napoleónicas hasta el canal de Suez o el sueño sionista del Estado de Israel. Mayer Amschel fundó su imperio a finales del siglo XVIII en el gueto de Fráncfort. Días antes de morir firmó su testamento con dos consignas muy claras: los negocios solo debían ser para los varones del clan y había que preservar su raíz judía, recurriendo a la endogamia si ...
fuese necesario. El patriarca se revolvería en su tumba si viese cómo el principal grupo bancario que queda en pie de la semilla que plantó lo dirige una mujer, en cuyas venas no corre la sangre Rothschild y que tampoco es judía.
Ariane Langer hoy es la baronesa de Rothschild, pero hace 59 años, cuando nació en San Salvador (El Salvador), era solo la hija de un directivo expatriado en este pequeño país que trabajaba para una multinacional farmacéutica alemana. “Hasta los 18 años no llegué a Europa. Me pareció un mundo de locos. Hacía mucho frío”, confiesa. Su cuerpo estaba acostumbrado a otras latitudes. Durante su infancia y adolescencia, la familia Langer vivió en varios países de Latinoamérica y África. El desembarco continental fue en Francia, el país de su madre. Cursó estudios superiores en París y luego obtuvo un MBA por la Universidad estadounidense de Pace. Empezó a trabajar en AIG, primero en Nueva York y luego en París. En la capital francesa su vida cambió para siempre. Un cliente de la aseguradora era Benjamin de Rothschild, séptima generación de la estirpe de banqueros.






