Era futbolista del Madrid, pero la fama le resultaba ajena, de modo que nunca se enfermó de importancia. Educaba sin pretenderlo
Hay mañanas que empiezan mal: murió José Manuel Ochotorena, dice el cable. Sabía que venía peleando desde hace tiempo con una enfermedad cruel. Uno cree, en su ingenuidad, que la buena gente merece sacar la sortija eternamente para darle una vuelta más a la vida. Pero la relación causa-efecto no se da en estos casos. Al menos no en la tierra. Dichosos los que creen.
José Manuel ya estaba en el Real Madrid a mediados de los 80, cuando me tocó llegar al club. Era un amable suplente de Miguel Ángel, otro querido compañero que se llevó la ELA hace poco tiempo. Ochotorena era un buen portero sin ser excepcional, y una buena persona sin ser un ingenuo. Tenía buen sentido del humor, que aplicaba, como todas las personas inteligentes, para reírse de sí mismo. Era futbolista del Madrid, pero la fama le resultaba ajena. No la entendía, de modo que nunca se enfermó de importancia. Un tipo normal, que decía y hacía cosas normales y sanadoras. Si estabas cerca de él se te quitaba la estupidez. Educaba sin pretenderlo. Vinicius se controlaría y Lamine se centraría solo por tenerlo cerca. Y si con eso no alcanzara: les hablaría en voz baja en un rincón.






