Todos somos en cierta medida la unión entre aquellas personas que quisimos y nos precedieron en el mundo, y quienes nos sucederán

Mi padre murió antes de que yo naciera. Tal vez por eso siempre me han fascinado los ecos del pasado, las huellas a partir de las cuales es posible evocar lo que fue y ya no es. También a quienes nos dejaron, a quienes ya no están. Por ejemplo, me conmueve descubrir que un rasgo que creo muy mío es, en realidad, una herencia indirecta de alguien a quien no llegué a conocer....

Así me ocurrió con las motocicletas. Mi pasión por las dos ruedas me viene de Aitor, un vecino de la casa de verano que mis abuelos tenían en Haro. Aitor conducía una BMW de gran cilindrada. Cuando desde nuestra casa escuchábamos el rugido del motor arrancando, mis primos y yo, que teníamos diez, once, doce años, corríamos a su puerta para verle salir y suplicarle que nos diera una vuelta. Él accedía a regañadientes y nos llevaba por turnos hasta Anguciana, el pueblo más cercano, poniendo la moto a 120 por la carretera general. El viento en la cara, el frío en los brazos desnudos, el estruendo del motor y el rodar de los neumáticos en el asfalto son sensaciones que he perseguido desde entonces. Pasó tiempo sin que volviera a verle. Cuando al fin nos reencontramos, siendo yo ya un adulto, le confesé que mi amor por las motocicletas (he tenido varias) era culpa suya. Aitor escuchó emocionado mis palabras y me contó algo que no sabía: a él, a su vez, le había contagiado esa pasión mi padre. Cuando era niño, me explicó, era él quien corría a la verja de la casa de mis abuelos al oír arrancar la Ossa Mick Andrews que mi padre lucía orgulloso. Resultó que el bueno de Aitor, cuando me llevaba en su BMW, en realidad homenajeaba a mi padre replicando un rito que vivió de niño.