Coincidiendo con el 90º aniversario del fotógrafo británico, una nueva monografía rescata su faceta más introspectiva: bodegones y paisajes inéditos que evocan el ciclo natural de la vida, la fugacidad de la existencia y la belleza que se revela en lo pasajero
Don McCullin (Londres, 1935), tenía cinco años cuando por primera vez llegó al condado de Somerset, al sureste de Inglaterra. Bajó del tren en la estación de Frome, cogido de una mano a su hermana pequeña; en la otra, llevaba una máscara de gas. Habían sido evacuados de Londres huyendo de los bombardeos. Se dirigieron a Norton Saint Philip. Ella fue acogida en una mansión; él, en la casa de unos labradores. Allí pasó dos años, hasta que pudo volver solo a la casa familiar en Finsbury Park, un suburbio de la capital británica. Su hermana permaneció en el campo, adoptada por la familia que la había acogido.
Décadas más tarde, el fotógrafo regresó a Somerset, esta vez cargado con el peso de todo lo que había visto: las guerras, las revoluciones, las hambrunas y los desastres naturales que había documentado con su cámara, dando forma a poderosos testimonios de la dignidad y la humanidad de quienes enfrentan al lado más duro y oscuro de la vida. Resultó gravemente herido en Camboya, fue expulsado de Vietnam, encarcelado en Uganda y perseguido en Líbano. En cada una de sus imágenes se revelaba el rostro de ese lado de la humanidad que la sociedad ignora o prefiere no ver.






