El museo reabre con normalidad esforzada y seguridad discreta tras el mayor robo en décadas. La galería de Apolo seguirá cerrada indefinidamente, mientras que el modelo masificado queda en entredicho

El Louvre abrió a la hora esperada, como si fuera un día normal, solo que con una herida nueva a la vista. Tras el peor robo sufrido en décadas y después de tres días cerrado al público, el museo parisiense quiso que este fuera un miércoles cualquiera, o por lo menos que lo pareciera. Hacia las ocho de la mañana, frente a la pirámide de cristal de I. M. Pei, la fila empezaba a formarse para la apertura de las nueve, bajo la vigilancia discreta de una docena de agentes. En el ala sur, bajo el ventanal forzado por los ladrones el pasado domingo, un coche de policía y una furgoneta de seguridad componían un dispositivo de seguridad minimalista para escenificar esta vuelta a la normalidad, sin alardes ni despliegues aparatosos.

En la acera de enfrente, a orillas del Sena, algunos posaban ante sus móviles con la ventana reventada, ahora cubierta de negro, como telón de fondo. En el interior, el murmullo de un joven guía, con grueso acento francés, relataba el golpe ante un rebaño de turistas, como si ya fuera una parada más del recorrido: “llegaron en dos motos”, “rompieron las vitrinas con una radial”, “lo hicieron todo en ocho minutos y escaparon”, “la pérdida se eleva a 88 millones”. Esta era la estampa del Louvre del día después.