El presidente de Estados Unidos había prometido en verano que no tocaría el edificio para acometer el nuevo proyecto
Donald Trump llegó decidido hace nueve meses, que justo acaban de cumplirse, a dejar la huella en Washington que no pudo imprimir durante su primera presidencia. Teniendo en cuenta su pasado como constructor y promotor inmobiliario poco sujeto a las reglas, no sorprende que entre sus planes esté también alterar la propia fisonomía de la Casa Blanca, a la que piensa dotar de un “gran salón de baile” cuya construcción costará, según sus propios cálculos, 250 millones de dólares. Prometió que lo haría sin tocar la estructura del edificio, pero este lunes faltó a su promesa.
El enorme brazo de una excavadora de demolición empezó a última hora de la tarde (hora de Washington) a derribar la fachada del ala este de la Casa Blanca, el lugar donde tradicionalmente se han situado las oficinas de uso de la primera dama y su equipo. Las obras, que empezaron sin previo aviso, se adivinaban tras las vallas que ocultan esa parte del complejo, desde la calle 15, a la altura de donde se sitúa el Departamento del Tesoro.
Más o menos a esa misma hora, el presidente de Estados Unidos celebraba el segundo acto público de su agenda del día tras recibir a mediodía al primer ministro australiano, David Albanese. Recibió dos equipos de béisbol universitario de Luisiana a cuyos jugadores avisó de que las obras habían empezado “en la otra parte del complejo”. “Justo han comenzado hoy”, añadió, antes de prometer que el nuevo espacio, de algo más de 8.000 metros cuadrados, tendrá capacidad para “999 personas”.















