Esta bonita película, adaptación de un cuento distópico sobre el curso de la vida y la muerte, vuelve a reunir al director Mike Flanagan con el rey del terror
“¿Me contradigo?/ Muy bien, me contradigo. / (Soy inmenso, contengo multitudes)”. Con estos célebres versos del Canto a mí mismo de Walt Whitman —leídos por un estudiante en su clase de instituto— arranca La vida de Chuck, una nueva adaptación de Mike Flanagan de la obra de
k-dtm="">Stephen King que devuelve al así llamado rey del terror a su lado más sentimental, humanista y cósmico. Publicado hace cinco años dentro del libro If it bleeds (La sangre manda), este cuento o novela breve juega a la distopía apocalíptica, a los cuentos de fantasmas y al alegre musical para recorrer, en una estructura inversa, la vida de un hombre, Chuck, un Juan Nadie que nos enfrenta —de una manera algo enrevesada aunque muy bonita— a los (ilimitados) límites de la existencia y a ese “contengo multitudes” que hace de cada persona un universo.
El idilio entre Flanagan y King viene de lejos. Aunque son conocidos los problemas del escritor con las incontables adaptaciones de sus libros, Flanagan se ha entendido bien con un material lleno de puertas a otras realidades. Su entrada al universo de King fue cuando era un niño y leyó la aterradora It. El trauma de aquella lectura precoz le valió para convertirse en un audaz intérprete visual de una literatura llena de recovecos alrededor de los miedos de la infancia y de la propia sociedad estadounidense.






