Las autoridades achacan la situación a los meses de calor y lluvia, en los que aumenta la reproducción de los mosquitos transmisores. Pero los cubanos aseguran que el abandono sistémico los ha llevado a este punto
Para el fin de los meses de verano, la gente en Cuba, sobre todo al occidente de la isla, se preguntaba qué enfermedad “rara” que los tenía encamados, con dolores e inflamación en el cuerpo, fiebres de hasta 40 grados, vómitos, diarreas, cefaleas, e incluso manchas en la piel. En Matanzas, epicentro del desastre, familias enteras reportaron contagios, que luego se extendieron a cada barrio, más tarde a toda la provincia, hasta abarcar casi el país entero. Nadie sabía exactamente de qué se trataba, y apenas había reactivos en los laboratorios municipales que, en el inicio del brote, confirmaran lo que hoy se sabe: Cuba atraviesa una crisis epidemiológica combinada, con la presencia, a la vez, de dengue, Oropouche y chikungunya, que hasta ahora las autoridades habían pretendido soslayar.
Después de varias semanas en silencio, los funcionarios salieron a desmentir los rumores que hablaban de enfermedades ajenas a los isleños. “Ni son nuevas, ni son raras, ni son desconocidas”, dijo la semana pasada el ministro de Salud Pública de Cuba, José Ángel Portal Miranda. Aunque aumentaban las denuncias de cientos de contagios, e incluso de muertes, las autoridades se empeñaban en desmentir cualquier deceso. “Nadie puede esconder una epidemia ni los muertos”, afirmó el ministro. A su vez, el conocido doctor Francisco Durán García, director nacional de Epidemiología y un rostro cercano para los cubanos por sus reportes diarios en medio de la pandemia de coronavirus, declaró el pasado 8 de octubre que ni había 11 fallecidos como se comentaba, ni los hospitales estaban colapsados.






