La actriz fue inquieta, graciosa, inaprensible, siempre ella de dentro hacia afuera, defendiendo el sentido auténtico de un estilo basado en vivir y vestir como quieras
No habría alcanzado La Strada su categoría de obra de arte si Fellini no hubiera contado con Giulietta Masina para su Gelsomina, ni Annie Hall sería el personaje icónico que es sin la interpretación de Diane Keaton. Tuvo Woody Allen el indudable talento, deudor de algunas enseñanzas del maestro italiano, de elegir a la actriz exacta para encarnar a aquella mujer urbana poseedora de un estilo de estudiada negligencia que renovó el sentido de la palabra sexy, librándola del tópico corsé de lo curvilíneo para representar a una chica que, sin intimidar, estaba llena de gracia. Decía Meryl Streep, cuando le entregó el premio a la carrera en el American Film Institute, que siendo Diane Keaton la persona más oculta por la ropa de la historia de la moda era al mismo tiempo una mujer transparente: “No existe actriz más expuesta, menos a la defensiva y más dispuesta siempre a ser quien es desde dentro hacia afuera que Diane”.
Cuando Keaton le preguntó a Allen cómo la iban a vestir para Annie Hall, Allen le respondió: “quiero que vayas exactamente así, como tú eres”. Hoy es difícil explicar el impacto que su peculiar presencia tuvo en nuestras vidas. Si a los hombres les gustaba, a las mujeres nos voló la cabeza. La rareza de Keaton en el universo del cine americano consistía en que su atractivo, desde dentro hacia afuera, denotaba inteligencia, chispa, ironía. Era de la escuela de Charlot, así vestía, así se movía, así ofrecía una personalidad rebelde y sin amargura que conquistaba el corazón del público.













