Los lectores y las lectoras escriben sobre mujeres filósofas, el colapso en Urgencias, el lobo en La Rioja y las citas previas en el SEPE
Simone de Beauvoir, Hipatia, Mary Wollstonecraft o Simone Weil. Si alguien se limitase a preguntarle a un estudiante qué tienen en común estas personas, seguramente dirían que son todas mujeres. La cosa cambia cuando estos nombres son sustituidos por aquellos que dos años de filosofía obligatoria han forjado a fuego en nuestros cerebros, nombres como Platón, Sócrates o Descartes. En estos casos el estudiante podría responder sin un atisbo de duda que estos nombres pertenecen a filósofos, y además, con un poco de suerte hasta podrían recitar de memoria su biografía e ideas principales. Esto, sin embargo, no es algo reciente. Nuestros padres y abuelos no estudiaron a estas filósofas. Hoy en dí...
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a, los jóvenes se suman al ciclo. Bajo la premisa de la falta de tiempo de preparación para la selectividad, el temario se limita, quedando al margen todas estas mujeres que, o bien son descartadas por el propio profesor, o no son priorizadas por la programación de la asignatura. ¿Acaso merece la pena un sistema académico que premia la memorización exhaustiva a costa de relegar al olvido a grandes figuras históricas?






