La capital acoge durante hora y media la única visita europea del grupo, nacido como una broma pero que alcanza ya el cuarto de siglo de vida
Damon Albarn es el sinónimo más perfecto que se conoce del carisma. Da lo mismo que se enmascare tras una banda que nació con ansias de virtualidad y anonimato, que deforme su voz a cada rato con un megáfono de líder sindical, que difumine su carácter protagónico rodeándose de músicos plurales, racializados, saltarines y expansivos. No importa que nos oculte su fisonomía tras unas gafas de sol (de las que no se desprenderá en toda la noche, valga la paradoja) o una guerrera militar, que orilló a las primeras de cambio porque, mal que nos pese, carece de mando efectivo en el ejército. 17.000 almas le aclamaron la noche del sábado en la meseta peninsular como lo que es: uno de los escasísimos líderes mundiales que no están rematadamente mal de la cabeza.
Albarn se inventó Gorillaz hace ahora 25 años para quitarse de encima la losa de ser el cantante de Blur, pero ha acabado sucediendo que en su ocupación furtiva también es, como resumiría Pep Guardiola, el puto amo. Y en su fugaz pero eficacísima visita del sábado por Madrid –única comparecencia gorilesca del año por nuestra vieja Europa continental– demostró que no sabe hacer nada circunstancial, irrelevante ni de medio pelo. El día que este tipo cometa una pifia artística ya no sabremos en quién demonios confiar.






