El revolucionario centro cultural cerrará un lustro para renovarse por dentro y adaptarse a la reglamentación actual. Seguirá programando exposiciones en París y en sus distintas sedes y mostrará su colección permanente en un nuevo edificio a las afueras de la capital
La vieja relación entre el contenido y el continente en el arte contemporáneo —lo del plátano pegado con cinta adhesiva de Maurizio Cattelan— es tan magnética que, a veces, produce situaciones extrañas. Desde hace unas semanas, cuando comenzaron los trabajos de mudanza en el Centro Pompidou, los servicios de limpieza viven tensionados por la posibilidad de confundir una obra de arte con algún cachivache olvidado en las galerías. El blanco inmaculado de las salas y las leyendas explicativas, tan poéticas como imprecisas, les otorgan un irresistible poder intelectual. Desing Pop, reza el cartel de la sala donde ya solo queda un extintor rojo después de trasladar el resto de piezas sin que uno sepa ya qué pensar. Y ocurre así en todo el revolucionario edificio, porque desde hace meses, las 140.000 obras que conforman una de las colecciones más importantes de arte moderno del mundo, los picasso, léger, dufy, modigliani, kandinsky o chagall han viajado a un lugar secreto en el norte de París para que el Pompidou, a punto de cumplir 50 años, cierre durante un lustro para renovarse.







