Visitar la retrospectiva de Wolfgang Tillmans en el Centro Pompidou es caminar por un espacio suspendido entre dos tiempos: el del museo que fue y el del que está por venir, ya que el lugar se dispone a cerrar sus puertas durante cinco años por obras...

de renovación. Lo recorrimos varias veces durante el verano —una tarde de julio, otra de agosto, otra de septiembre—, siempre con la misma sensación: que la institución parisina se despide en clave crepuscular. El museo ya casi está vacío. Las plantas superiores que solían acoger grandes retrospectivas fueron cerradas antes del verano. El cine del museo ha sido clausurado. La librería y la tienda de diseño bajaron la persiana hace meses.

Solo la Biblioteca Pública de Información —una de las mayores de libre acceso en toda Europa, utilizada cada año por cerca de un millón de visitantes— resiste como último testigo. La retrospectiva de Tillmans, uno de los nombres más influyentes del arte de nuestro tiempo, se despliega en una de las dos plantas que solía ocupar la biblioteca: un piso de 6.000 m² lleno de sillas de colores, pantallas encajadas en cubículos metálicos, estanterías interminables, mesas y pupitres aislados de diseño sobrio, que no han desaparecido pese a que la biblioteca cerrase al público en marzo pasado.