Las protestas ciudadanas y las encuestas han hecho moverse a los gobiernos, aunque sea con gestos diplomáticos insuficientes

La barbarie cometida por Israel en Gaza ha entrado en una fase de carrera contra el reloj. Tras el fin del cruel ultimátum de evacuación en 48 horas lanzado contra el medio millón de personas que aún quedan hacinadas en la playa de Ciudad de Gaza, el ejército de Benjamín Netanyahu se dispone a ocupar las últimas hectáreas de la Franja con “una fuerza sin precedentes”. La expresión carece de significado después de 23 meses de bombardeos diarios y una hambruna provocada que han matado a más de 65.000 personas. En la práctica, se traduce en decenas sobre decenas de muertos al día, un puro ejercicio de tiro al blanco contra una población que no tiene dónde resguardarse o adónde huir, una masacre sin ningún sentido militar y cuestionada por la propia cúpula castrense.

La intensificación de la ofensiva sobre lo que queda de Gaza se completa con el permiso para redoblar el hostigamiento a los palestinos en Cisjordania y la construcción de grandes asentamientos para dividir el territorio. Las palabras de Netanyahu deben ser tomadas en sentido literal: “No habrá un Estado palestino”. Perseguido por la justicia de Israel y por la internacional, Netanyahu no ha cumplido ninguno de los objetivos que prometió. Esto hace mucho que dejó de ser una represalia militar por el pogromo del 7 de octubre o una guerra contra Hamás. Los muertos en Gaza no son víctimas colaterales, sino la diana de un plan de destrucción sistemática y gradual.