La asociación estratégica con Rusia aprobada por la Asamblea venezolana no hace más que agravar la escalada regional con Estados Unidos y apuntalar la represión interna
La decisión de Venezuela de ampliar sus lazos con Rusia en plena escalada militar con Estados Unidos no puede considerarse un capítulo más de la retórica de los tres países: es la antesala de una catástrofe mayor si no se detiene ahora. Ni el régimen de Nicolás Maduro, ni la Administración de Donald Trump ni Vladímir Putin tienen nada que ganar en una escalada que solo perjudica a la población venezolana y complica la estabilidad de la región.
El acuerdo con el Kremlin, convertido en ley aprobada por la Asamblea Nacional, controlada ampliamente por el chavismo, se da en un contexto de creciente hostilidad entre Caracas y Washington, que ha destruido embarcaciones venezolanas, ha amenazado con operaciones militares y ha desplegado fuerzas en el Caribe. En paralelo, el Gobierno de Maduro ha respondido activando un discurso de resistencia, movilizando milicias, con ejercicios militares públicos, e invocando “una guerra psicológica” como parte de su defensa. Este teatro de poder, sin embargo, no es simbólico. Tiene repercusiones reales: para los derechos humanos, para la economía venezolana, para la vida cotidiana de los venezolanos.






