Los inversores profesionales recuerdan que estas operaciones corporativas comportan muchos riesgos

La actualidad económica española lleva un año y medio copada por la opa hostil que lanzó en 2024 el BBVA sobre el Banco Sabadell. Noticias, entrevistas, anuncios en radio, comunicados a la CNMV, informes de Competencia... Después de 16 meses, la oferta ha entrado en su fase final y ahora son los accionistas del banco opado quienes tienen la última palabra. Desde todos los flancos reciben presiones para que acepten o para que se abstengan de acudir a la opa. Pero, ¿la operación es buena para ellos? ¿Y para los accionistas del BBVA? ¿Estas propuestas de adquisición generan valor a largo plazo? ¿Quién sale más beneficiado con ellas?

Lo que está claro es que el papel lo aguanta todo. Cualquier ejecutivo de una empresa cotizada puede presentar un proyecto de adquisición de una firma rival con números deslumbrantes: sinergias de costes, créditos fiscales, economías de escala... Todo bien aliñado y estofado por un carísimo equipo de consultoría externa. Pero las ofertas públicas de adquisición de acciones (opas) tienen una cara B. Un alto riesgo de ejecución que puede hacer que los supuestos beneficios de la operación queden en papel mojado. Para muchos inversores profesionales, estos movimientos corporativos comportan un nivel de incertidumbre excesivo y suelen acabar destruyendo valor para el accionista.