El cine que hace Cesc Gay es inteligente, sutil, complejo y maneja inmejorablemente la ironía
Hay directores, algunos multipremiados y convencidos de que figuran con letras mayúsculas en la historia del arte, a cuyas nuevas criaturas me acerco con prejuicios o excesiva pereza, esperando lo previsible u otra demostración ostentosa de que la nada nadea. Y alguna vez, muy pocas, consigo disfrutar con lo que han realizado. Y luego están los maestros, cartas casi siempre seguras, aunque no son inmunes a pasajeros naufragios. Y otros que siempre me despiertan interés inicial y casi nunca me defraudan. Me interesan sus historias, su forma de contarlas, la sensación agridulce que me provocan, también más de una sonrisa, cierta identificación que a veces se transforma en rubor porque reconozc...
o en mi algunas de sus pequeñas miserias, medias verdades, deseos, su forma de relacionarse con el mundo. Hablo del cine que hace Cesc Gay. Es inteligente, sutil, complejo, maneja inmejorablemente la ironía, me sorprende el desarrollo de sus historias. Me interesa siempre, y, en algunas de sus películas, como En la ciudad y Truman, también me ha conmovido.
Cesc Gay es un urbanita y habla con lenguaje atractivo de lo que conoce. Sus personajes pertenecen a la burguesía ilustrada, con un punto moderno, trabajos solventes, aparente estabilidad sentimental excepto en casos aislados. Hasta que ocurren cosas, derrumbes, mentiras, rotura de la vida tal como se había concebido, abandonos, pequeñas traiciones, movidas que van a alterar una cotidianeidad que parecía resistente. Y nunca prescinde de un toque surrealista en algunas reacciones de gente tan aparentemente normal.






