La ausencia más significativa de los Emmy del pasado domingo no la ha protagonizado ningún nominado, ni ninguna vieja gloria televisiva. Paradójicamente, es la de alguien a quien nadie querría haber visto allí. No se mencionó a Donald Trump ni una vez en toda la descafeinadísima ceremonia, que ha sido la primera entrega de premios importante con su segundo mandato avanzado —los Oscar se celebraron seis semanas después de su toma de posesión y tampoco se le mencionó—. Las almas cándidas especularán con un posible intento de Hollywood por unir a estadounidenses de todo signo. O con eso de que no hay mejor desprecio que no hacer aprecio. El resto sabemos que es solo un síntoma más del miedo generalizado.

Hubo menciones a la situación actual de Estados Unidos, con ese “go birds, fuck ICE, free Palestine”, que soltó Hannah Eibinder como cierre a su discurso tras recoger su primer Emmy. Y con la ovación cerrada del público entero puesto en pie a Stephen Colbert, el primer entregador de la noche. El propio Colbert, en su discurso al recoger su undécimo Emmy, también se refirió a la coyuntura actual: “A veces no te das cuenta de lo mucho que quieres algo hasta que no tienes la sensación de que podrías perderlo. Nunca he amado a mi país más desesperadamente”. Pero la situación palidece si recordamos los primeros Emmy tras la primera victoria de Trump, celebrados en 2017. Para empezar, fueron presentados por el propio Stephen Colbert, que ya desde su monólogo de apertura bromeó con el presidente, recordando cómo, en su egomanía, había llegado a decir que los Emmy estaban amañados porque él nunca había ganado por The Apprentice.