Duró un mes, como los Mundiales de fútbol, no fue televisado pero se reprodujo una y otra vez en las pantallas de millones de personas. Compitieron dieciséis países a dedo, en una elección arbitraria que nadie impugnó, donde a los europeos les dieron tres cupos, a los asiáticos uno, y a los africanos ninguno. El organizador: Ibai Llanos, un streamer español que hizo negocios con Gerard Piqué y que en el último tiempo ha despertado aplausos por haber perdido más de cincuenta kilos en un año, sin haberse rebanado el estómago. El motivo de la contienda: conocer al país que tiene el mejor desayuno del mundo.

Ibai no le encargó la delicada tarea a un prestigioso jurado que, seguramente, hubiese sido funado. El influencer le cedió la potestad a la gente y, sin anunciar cuál sería el premio, los echó a jugar en su propio tablero. En tiempos donde todo se monetiza, millones se abalanzaron a votar en sus redes sociales, incrementando —probablemente sin saberlo— su cuenta bancaria. Cada elector podía votar hasta en tres ocasiones, en sus cuentas de Instagram, YouTube y TikTok. Mientras España, Francia e Inglaterra dieron muestras de no haberse enterado del concurso, Sudamérica lo tomó con seriedad. Autoridades, cocineros, deportistas, empresarios, músicos, y faranduleros llamaron al voto, como si se acabara el mundo.