Desde que Brasil enterró a 700.000 de sus hijos durante la pandemia mientras el presidente de la República banalizaba la grave amenaza, se han escrito muchos epitafios políticos de Jair Messias Bolsonaro. Pero él supo jugar sus cartas. Pese a los múltiples escándalos, los achaques y a un cerco judicial que se ha ido estrechando como una soga al cuello, sobrevivió. No solo eso: siguió como protagonista de la vida pública, aunque lleva dos años inhabilitado para ser candidato electoral.

La política brasileña era, al menos hasta este jueves, 11-S, un mano a mano entre Bolsonaro, 70 años, y Luiz Inácio Lula da Silva, 79, actual presidente. Desde ese día, el capitán del ejército en la reserva, diputado bufón, nostálgico del régimen militar, el primer presidente de extrema derecha al que Brasil eligió en las urnas, es un golpista convicto. El peor momento de sus cuatro décadas en política.

La incógnita es si la condena a 27 años que el Tribunal Supremo le impuso por liderar una conspiración golpista —y su eventual ingreso en prisión— supone un punto y aparte en su carrera política. O el punto final.

Para cuando cumpla la pena, tendrá 97 años. Aunque la sentencia supone un golpe colosal, Brasil ha presenciado otras resurrecciones inverosímiles (véase, Lula). La salud física y mental sin duda influirán. Los abogados de Bolsonaro van a apelar a las crisis gastrointestinales y de hipo que padece desde que fue apuñalado para convencer al juez de que le permita cumplir la pena en familia, preso en un chalé de Brasilia, como está ahora. Aunque los cálculos varían, no iría a prisión antes de un par de meses. Y serían como máximo seis años recluido, según la ley. Confinado en casa y sin redes sociales por orden del juez Alexandre de Moraes, solo puede comunicarse con el mundo a través de terceros.