Nunca pudo imaginar la genial Mary Shelley la huella que iba a dejar aquella novela que escribió para ganar una apuesta: Frankenstein o el moderno Prometeo. El marco no podía ser más apropiado. Verano de 1816, una reunión de amigos, poetas por más señas, en...

Villa Diodati (Suiza). Lord Byron lanza a sus compañeros el desafío de escribir durante la noche un relato de terror. Los interpelados eran nada menos que el matrimonio Shelley, John Polidori y el propio Byron. Es verdad que solo Polidori logró concluir su novela, pero esa noche nació el mito del Prometeo moderno gracias a la única mujer del grupo. El relato es desde entonces bien conocido: el estudiante Frankenstein crea vida a partir de la materia inerte, reúne piezas de cadáveres y pronuncia ese fiat que parece reservado solo a Dios, valiéndose ahora de la electricidad.

Es verdad que la ambición de crear seres vivos a partir de la materia inerte ha sido un elemento común a diversas culturas, como la sumeria, china, judía, cristiana, musulmana, y que en esos casos los relatos venían envueltos en historias de terror. Por eso, no es extraño que en el siglo XXI, con el nacimiento de la inteligencia artificial (IA), se hable de frankenfobia para designar el temor a las máquinas supuestamente inteligentes que pueden dañar a los seres humanos. Un temor totalmente infundado, porque la IA es un conjunto de instrumentos que pueden ser muy valiosos si los manejamos desde un marco de principios éticos. Bueno sería que una ética de la IA aprendiera el verdadero mensaje de Mary Shelley: la gran tragedia del monstruo es que su creador le ha infundido una aspiración a la felicidad imposible de alcanzar, porque a la vez lo ha hecho único y no puede encontrar a un semejante con el que compartir la vida.