Un reguero de caras sonrientes nos daba la bienvenida al nuevo recinto. En los amplios accesos a la pista, un público más bien talludito (hacía tiempo que yo no veía tanta gente mostrando su entrada en papel), se arremolinaba en torno a los muchos puestos de restauración. Se palpaban las ganas de agradar, la emoción del instante, el olor a nuevo. Todo estaba en su sitio en el nuevo Roig Arena. Y con razón: por mucho que nos empeñemos, ni una plaza de toros, ni un velódromo, ni un estadio de fútbol ni un enorme parking junto al puerto son recintos pensados para la música en directo, aunque sirvan para salir del paso. El cementerio de elefantes que puebla nuestro historial de salas de mediano o gran aforo ya desaparecidas – Arena, Greenspace – también demanda que la sala anexa del Roig Arena, con aforo para dos mil personas, eche a rodar: será el 22 de este mes con los australianos The Cat Empire.

A diferencia de todos aquellos, el nuevo recinto multiusos de Quatre Carreres sí está concebido y diseñado para albergar música en directo (aparte de baloncesto y otros deportes) y se notó anoche: sonoridad impecable, volumen adecuado, iluminación a la última, cuatro pantallas desde las que no perder detalle, una de ellas cenital – hasta el teleprompter con las letras de las canciones – y visibilidad idónea desde cualquiera de las cerca de 20.000 butacas que ocupaba un público que había agotado todo el papel hace meses. Más comodidad, imposible.