A Matilde Muñoz Cazorla, de 72 años, la asesinaron en un hotel. Pero también podría decirse que la mataron en su domicilio. Porque el Bumi Aditya, un modestísimo alojamiento de dos estrellas en una zona playera de la isla de Lombok (Indonesia) era ya su hogar, tras haber pasado allí largas temporadas. “Cuando me escribió, me dijo que ya estaba en casa, en su casa de Lombok”, cuenta Aarti Fernández, compañera de aventuras de una mujer que había hecho del viaje no una forma de ocio sino un estilo de vida. Su ciudad de nacimiento (Ferrol) y su ciudad de residencia (Palma de Mallorca) eran paradas para repostar, descansar y saludar a familia y amigos. Matilde, Mati para todos los que la trataron, tenía alquilado su piso en Palma para complementar la jubilación (había sido azafata de vuelo) y seguir recorriendo Asia a su antojo.
No era Mati amiga de enclaves masificados, paradoja que en estos tiempos asalta lo mismo al turista ocasional que al viajero empedernido como ella. Por eso halló acomodo no en la Bali hinduista sino en la Lombok musulmana, en un hotel sin oropeles (con piscina, sí, pero habitaciones espartanas) al que se llega por un sendero flanqueado de palmeras y frondosa vegetación. El Bumi Aditya no es un complejo fortificado ni un todo incluido con pulsera: se levanta tímido en mitad de una aldea, entre casas bajas, a pocos metros de la mezquita local y a menos de un kilómetro de la playa Alberto, en la zona costera de Senggigi. Allí, bajo la arena, la encontró la policía, dos meses después de su muerte, el mismo tiempo que hacía que la buscaba su familia de mujeres viajeras, preocupadas porque había dejado de publicar en redes sociales y no daba señales de vida.







