Solo un país como Portugal, tan atravesado de sorna como de poesía, puede bautizar un lugar donde se entierran los muertos como el cementerio de los Placeres. Frente a su portón de entrada, en Campo de Ourique, se localiza el inicio de la carrera del tranvía 28, el más popular de todos los que recorren la vieja Lisboa aferrados a cables aéreos que serpentean salvando ramas de árboles y recodos imposibles. Como guardafrenos, André Marques se hartó durante años de hacer esta carrera, larga, enrevesada y adorada por los turistas, antes de encargarse del funicular que ha pasado a la historia de Portugal como

a-historia-de-los-funiculares-de-lisboa.html" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/internacional/2025-09-05/que-se-sabe-del-peor-accidente-de-la-historia-de-los-funiculares-de-lisboa.html" data-link-track-dtm="">el más trágico de siempre por el descarrilamiento en el que el pasado miércoles murieron 16 personas y sufrieron heridas otras 22.

“Era bromista, alegre, me dio muchos consejos para tratar de realizar un buen servicio y evitar los retrasos”, relataba uno de sus colegas junto a la parada del cementerio horas antes de que las bocinas de todos los tranvías de la ciudad sonasen a la par durante un minuto este sábado, mientras comenzaba el funeral por el trabajador en Oleiros, su localidad natal. Marques accionó los frenos del carruaje cuando se rompió el cable que une las dos cabinas del elevador —la que sube y la que baja, ambas vinculados por un sistema de contrapeso—, pero sus intentos para evitar una caída acelerada fueron vanos, según las primeras conclusiones oficiales sobre lo ocurrido. En 50 segundos se consumó el descenso a los infiernos.