“Comprá, no te la pierdas, campeón”. Pronunciada hace dos meses, la frase del ministro de Economía argentino, Luis Caputo, pretendió ser un desafío burlón a quienes advertían que el dólar estaba artificialmente barato en pesos. Pero terminó siendo la última candidata a integrar una larga e infausta serie de expresiones desafortunadas sobre la divisa estadounidense en la historia reciente de Argentina: esa lista que guarda un lugar destacado para “el que apuesta al dólar pierde” (del ministro de la dictadura Lorenzo Sigaut, en 1981) y para “el que depositó dólares recibirá dólares” (del presidente Eduardo Duhalde, en 2002, en medio de la crisis del corralito), entre otras tantas.
La irónica invitación a adquirir divisas de Caputo tuvo la aceptación que, en verdad, el Gobierno de Javier Milei esperaba desalentar. Ante la creciente demanda, la cotización del dólar frente al peso comenzó a escalar y puso en jaque los planes de la ultraderecha. El Ejecutivo intentó contenerla de manera errática hasta que, finalmente, esta semana arrió la bandera de la flotación libre, antes proclamada como un mantra inquebrantable, y blanqueó su decisión de intervenir en el mercado de cambios, algo que ya venía haciendo fuera de cuadro.








