Desde hace más de dos décadas, cuando llega el final de verano, el pueblo navarro de Ochagavía gira las hojas del calendario hacia atrás hasta llegar a principios de 1900. Las señales de tráfico, el cajero automático o los carteles de las tiendas se esconden bajo telas recias. La llegada del siglo XXI solo se percibe en los datáfonos que tienen algunos de los puestos de productos artesanales y en los móviles de las casi 3.000 personas que visitan anualmente este municipio del Valle de Salazar para disfrutar de Orhipean (en euskera significa debajo de Ori, que es el monte que custodia el pueblo). Esta fiesta recrea y recupera del olvido los oficios y tradiciones de hace más de un siglo. En ella participan, justo antes de empezar septiembre, el casi medio millar de habitantes del pueblo y aquellos ochagavianos a los que la vida ha llevado a residir en otros lares y que vuelven a casa por este motivo.
Durante un fin de semana, se visten con los trajes de aquella época y se convierten en sus antecesores: en las lavanderas, que vuelven a la orilla del río; en las hilanderas; en las panaderas o, incluso, en el barbero, que también es dentista, y que vuelve a ofrecer sus servicios (10 céntimos por arreglar el bigote, 20 por la barba). También acepta pagos en especie y, si el problema es una muela mal avenida, los tiquismiquis que necesiten anestesia para arrancarla tendrán que pagar una peseta. Los valientes, gratis.






