En un Pekín que el presidente chino, Xi Jinping, había preparado para exhibir músculo armamentístico y capacidad de liderazgo global, la persona que ha atraído gran parte del protagonismo ha sido el líder supremo de Corea del Norte, Kim Jong-un. Tras asistir al desfile militar por el 80º aniversario de la rendición de...

Japón en 1945 ―lo que en China se denomina la victoria “en la Guerra de Resistencia del Pueblo Chino contra la Agresión Japonesa y la Guerra Mundial Antifascista”―, Kim se reunió con su homólogo ruso, Vladímir Putin, a quien prometió “seguir ayudando en todo lo que necesite” para su guerra en Ucrania. “Lo consideraremos una obligación fraternal”, cita la agencia surcoreana Yonhap.

La presencia del mandatario norcoreano en la capital china para el evento que conmemora el final de la II Guerra Mundial supone un salto exponencial en la proyección internacional de Kim, y una oportunidad sin precedentes para ampliar su círculo diplomático. Es la primera vez desde que asumió el poder en 2011 que el presidente del régimen más hermético del planeta ha tenido ocasión de coincidir con una veintena de mandatarios internacionales, aunque sea de manera informal, lo que convierte su viaje a China en uno de sus movimientos más trascendentes desde las históricas cumbres con Donald Trump durante el primer mandato del presidente estadounidense.