El cinismo es un arma de guerra y Rusia un tirador certero. Su presidente, Vladímir Putin, tiene sobre la mesa la retirada del país del tratado europeo contra la tortura, del que es parte desde 1998. Una mofa política que ahonda en la herida abierta de miles de soldados y civiles ucranios en cárceles rusas víctimas de terribles vejaciones. Maksim Butkevich, de 48 años, es uno de ellos. Su relato es pausado, pero demoledor. Fue liberado en un canje de prisioneros de guerra el pasado 18 de octubre, tras dos años y cuatro meses de cautiverio. Admite que quizá suene raro decir que uno tiene miedo al temor, un juego de palabras, pero se entiende. “Recuerdo el temor en prisión cuando los guardias estaban cerca, en las celdas de al lado”, explica, “recuerdo cómo anticipaba el dolor, es lo que más miedo me daba”.

La historia de Butkevich, natural de Kiev, que antes de empuñar las armas fue periodista y defensor de los derechos humanos, con la BBC y Amnistía Internacional en su expediente, es similar a la de tantos ucranios que han pasado y pasan por centros de detención rusos. Con una particularidad y frustración: él salió de allí, otros no, y no sabe por qué. “Soy antifascista y quizá era el preso menos adecuado para ser acusado de nazi”, apostilla.