Los videojuegos chinos se imponen. Más allá de la omnipresente Tencent, es un chiste pero parece que en el mundo digital últimamente todo empieza por Wu: Black Myth: Wukong (que hace nada presentó por sorpresa su secuela, Black Myth: Zhongkui), Wuchang: Fallen Feathers, Wuthering Waves (2004), The Crown of Wu (2023). Otros no empiezan por Wu (Phantom Blade Zero, Where Winds Meet, Lost Soul Aside) pero todos vienen del mismo sitio, y se cuelan entre los más vendidos y los más deseados.

De todas las cosas de las que se puede hablar sobre los videojuegos chinos, el que cristaliza más puntos conflictivos es ahora mismo el Wuchang, un (por otra parte estupendo) soulslike con una ambientación en la China histórica. En lo que se refiera a injerencia política en el contenido creativo, el juego no ha cometido un error tan de bulto como con Wukong, que en las guías de reviews del juego conminaba el año pasado, en un ejercicio quizá común en China pero inédito en occidente, a “No hablar del covid” ni a introducir “propaganda feminista” en los textos que analizaban al juego. Pero sí ha hecho otra cosa curiosa.

La historia de Wuchang tiene su base en la propia historia de China, y usa personajes reales, concretamente de la dinastía Ming, que gobernó China de 1368 a 1644 y que fue la antecesora de la Qing, la última gran dinastía, que gobernó entre 1644 y 1912. El caso es que el juego convierte a figuras históricas de los Ming en los malos de la película. O lo hacía, porque tal osadía creativa conllevó una ola de críticas de nacionalistas chinos, que se sintieron ofendidos por la iconografía negativa o la capacidad de matar figuras históricas emblemáticas. La solución ha sido simple: el 12 de agosto la compañía Leenzee lanzó el parche 1.5 para el juego, que, además de incluir mejoras técnicas, introdujo cambios narrativos significativos.