En Las herederas, Aixa de la Cruz (Bilbao, 1988) exploró el vínculo entre los malestares sociales y la salud mental. En Todo empieza por la sangre el desencadenante del sufrimiento psíquico es la búsqueda desesperada de un amor que llene el vacío existencial de la protagonista, Violeta. Cuenta De la Cruz que con esta novela se ha liberado de la presión de intentar encajar en ese canon literario patriarcal que criticó en la autoficción feminista Cambiar de idea, por la que recibió el Premio Euskadi de Literatura 2020.
La sangre es el elemento simbólico que unifica una estructura con mucho movimiento, en la que atravesamos sin orden cronológico pactos de amigas, abortos y referencias a vampiros. Es su sexta novela y su octavo libro (contando uno de relatos y un ensayo). Publicó la primera a los 20 años, y se pregunta cuántos más tiene que cumplir para que dejen de definirla con el cliché de “la voz de su generación”.
Estás entusiasmada con el psicoanálisis. ¿Ha influido en la escritura de este libro?
Sí. Es la primera vez que escribo una novela cuya trama es clásica en cuanto a que sigue la trayectoria vital de un único personaje, y me parecía interesante acometer este trabajo de una forma que no fuera cronológica sino causal. Cuando expones tu vida en terapia, empiezas por el presente, el presente te arrastra al pasado, y del pasado volvemos al presente. Me apetecía trabajar con esos tiempos. Ha sido una escritura intensa y extenuante, como hacer terapia. Imaginarme la vida de Violeta implicaba recordar mi propia infancia y adolescencia; revisar los dramas con mi madre ahora que yo también soy madre. Siempre que comento estas cosas me preguntan: “¿Pero entonces es autobiográfico?”. No, pero escribir siempre es profundamente personal, porque si no te mueve nada propio, no funciona.






