VUELTA A ESPAÑAETAPA 9

Y despertó la Bestia. Después de una semana haciéndose el remolón, más calculador que protagonista, más perezoso que agitador —por más que ganara una etapa al sprint—, Jonas Vingegaard, el gran favorito, atacó por primera vez en la Vuelta. Fue un garrotazo inesperado porque lo hizo a las faldas del último puerto, un órdago de 12 kilómetros para explicar que no es un ciclista aburrido, que él es quien tiene siempre la última palabra, que por algo es la ley en esta ronda. Y con una ascensión de las que quitan el hipo, escalada al galope a lo Killian Jornet, subida que nadie pudo aguantar bajo un aguacero y en solitario, el danés venció la etapa y por poco no recuperó el maillot rojo. Tanto le da. Habrá más subidas y más Vingegaard.

Se entregó Alfaro, tierra riojana, a la fiesta y fanfarria de la Vuelta, miles de aficionados que querían ver de cerca a los ciclistas, también a los equipos para pedir algún bidón o gorra, quizá un maillot con suerte. Otros, sin embargo, se contentaban con examinar las bicicletas y soltar silbidos de sorpresa, herramientas que valen casi como un coche. Y los más despistados todavía preguntaban que dónde estaba Pogacar, que no lo veían. Pero todos sonreían por el ajetreo y color de la ciudad, por dar el pistoletazo de salida a una etapa que, se presumía, podía agitar el avispero. Así fue.