“Nada gratis”, decía y repetía Karina Milei. La hermana del presidente argentino dejaba eso claro, de entrada, cuando alguien la contactaba para contar con la presencia de Javier Milei en un acto, una charla u otro tipo de actividad. Eso cuentan quienes conocieron a los Milei en los años previos a su ingreso en la Casa Rosada, incluso cuando el economista de ultraderecha ya era diputado. A medida que Milei se hacía famoso gracias a sus extravagantes apariciones en televisión, Karina había comenzado a manejar su agenda y, luego, sus ingresos. “Ella se quedaba con el 10% de todo lo que él ganaba”, dice una persona que, durante casi una década, estuvo muy cerca de ellos y que hoy prefiere mantener su nombre en reserva. “Karina vio el negocio, vio cómo monetizar al hermano. Javier siempre fue todo lo contrario, nunca se preocupó mucho por eso”.

Una mujer de perfil bajo y pocas palabras, a quien apenas se ha escuchado hablar en público, una figura inseparable de su hermano, con enorme poder político y materialmente ambiciosa: la caracterización de Karina Milei con esos atributos se ha instalado casi como un lugar común, trillado en la voz de quienes la han tratado o la han investigado. Desde hace una decena de días, a la luz y a la sombra de un escándalo de corrupción que asedia al Gobierno de Milei, esa definición irradia otro valor, como el de un presagio que amenaza con cumplirse.