Rusia no da tregua. Una oleada de drones mató en la madrugada de ayer a cinco personas en varias regiones de Ucrania. Mientras caían los explosivos, aún se buscaban a ocho desaparecidos por el brutal ataque de la noche anterior sobre Kiev, con más de una veintena de muertos, y daños en las sedes del British Council y de la Unión Europea en la capital ucrania. Es una de las mayores masacres perpetradas por Rusia en la ciudad desde el inicio de la invasión a gran escala, en febrero de 2022.
El bombardeo en pleno empeño de Estados Unidos para propiciar unas negociaciones de paz aplasta cualquier atisbo de diálogo al máximo nivel entre Ucrania y Rusia, como ambiciona la Casa Blanca, y confirma que Moscú no entiende la paz sin rendición. Que lo haga apenas dos semanas después del encuentro entre Vladímir Putin y Donald Trump constituye una rotunda respuesta a la indulgencia de Trump hacia un mandatario que pretende redibujar por la fuerza el equilibrio de poder mundial.
Las muestras de debilidad y de inconsistencia de Trump hacia Putin contrastan con sus bravatas contra Volodímir Zelenski y los líderes europeos, sus aliados naturales. Y estos comprobaron en su cita en Washington la semana pasada que su fuerza es su unidad, cuando lograron doblegar una hoja de ruta inaceptable para Kiev, rayana en la rendición, que iba a ser impuesta a Ucrania por el Kremlin con la mediación de Trump.







