Como sugiere su cristiano nombre de pila, el bioquímico belga Christian de Duve se crio en una familia católica, fue bautizado, educado por los jesuitas y se casó por la Iglesia, pero fue perdiendo la fe durante un proceso racional que culminó en 1974, cuando ganó el Nobel de Medicina por descubrir los lisosomas, unos orgánulos con funciones digestivas en el interior de las células. En 1991, De Duve propuso una hipótesis sobre el origen de la vida sin necesidad de ningún Dios: “el mundo de tioéster”, un compuesto con carbono, oxígeno, hidrógeno y azufre. En ese planeta primigenio todavía sin seres vivos, los tioésteres habrían proporcionado la energía necesaria para que los elementos químicos reaccionasen formando moléculas más complejas, como el primer material genético, el ARN. Este miércoles, seis científicos de Londres anuncian que han conseguido provocar en su laboratorio las reacciones que podrían haber ocurrido en aquel mundo de tioéster. Es “un avance de gran calibre, quizá el más relevante de los últimos tiempos” en la investigación sobre el origen de la vida, según Kepa Ruiz Mirazo, biofísico y filósofo de la Universidad del País Vasco.

La gran explosión que dio lugar al universo, el Big Bang, tuvo lugar hace unos 13.800 millones de años. La Tierra se formó hace unos 4.500 millones de años. Y desde muy pronto había grandes masas de agua interaccionando con los minerales del planeta, formándose moléculas cada vez más enrevesadas. El mismo laboratorio de Londres, encabezado por el químico Matthew Powner, ya demostró en 2019 que con ingredientes presentes en la Tierra hace unos 4.000 millones de años, como el ácido sulfhídrico (formado por hidrógeno y azufre) y el ferricianuro (carbono, nitrógeno y hierro), se podían formar péptidos, una especie de versión corta de las proteínas, las moléculas encargadas de las funciones esenciales de la vida.