Lastrada por las lesiones, debilitada por ausencias más o menos voluntarias y olvidada en los pronósticos hasta rozar en alguno la falta de respeto, España se presenta en este Europeo por lo bajini, que diría Iñaki Williams. Alejada de los focos que apuntan sin disimulo hacia otros lados, el verano no ha dejado de traer malas noticias. Tantas que Sergio Scariolo ha tenido que hacer ingeniería creativa para finalmente poder conformar un colectivo suficientemente competitivo en esta su última aventura como seleccionador (lo de la última lo dejaría en barbecho, que la vida da muchas vueltas).
Ante tanto remiendo obligado, la lista de costuras con riesgo de ruptura es numerosa. Inexperiencia extrema en los bases, donde a los jóvenes De Larrea y Saint-Supéry les ha caído encima una tarea para la que no sabemos todavía si están suficientemente preparados. Será sin duda uno de los temas del campeonato. De las limitaciones físicas con respecto a otras selecciones de tronío casi mejor no hablar, pues no tienen remedio. El liderazgo es todavía difuso, más marcado en la banda que en la cancha. No contamos con ninguna estrella de relumbrón capaz de llevarnos en volandas cuando llegue la tormenta (Aldama es el señalado, pero falta su confirmación en una gran competición) y el juego interior pivota sobre Willy Hernangómez, con todo lo que ello significa.







