Los vecinos del bajo Guadalquivir llevaban desde principios de junio conteniendo el aliento, poniendo a punto las mosquiteras y controlando que no se formaran charcos de agua en sus macetas. Ninguno quería estar expuesto a la picadura de un mosquito y al riesgo de poder contraer el virus del Nilo y acabar como alguno de los 10 vecinos que fallecieron por la infección de ese patógeno el año pasado, en el brote más letal de Andalucía. El invierno suave, la primavera lluviosa y que todas las hectáreas de arrozales se hubieran sembrado, el coctel perfecto para la proliferación de ese insecto, portador del virus, tampoco invitaban a los mejores presagios. Sin embargo, agosto está terminando y no se ha detectado, hasta el momento, ningún caso en humanos en esta comunidad ―y solo uno en caballos en la provincia de Almería―. La clave principal reside en la anticipación por parte de las administraciones, que han implementado medidas de control desde el invierno y se han coordinado en las tareas de detección y fumigación.

“Se han puesto en marcha medidas de control que en algunos municipios estuvieron vigentes todo el invierno y en otros empezaron en marzo, nada que ver con el año pasado cuando no se realizó ningún tratamiento hasta que ya hubo brotes en humanos. Este año las actividades de control se han anticipado a las de detección y eso le ha complicado mucho la vida a los mosquitos”, explica Jordi Figuerola, investigador de la Estación Biológica de Doñana-CSIC y uno de los mayores especialistas en transmisión de enfermedades infecciosas a través de mosquitos, quien también apunta a otro factor natural: “La circulación fue tan grande el año pasado, que estamos detectando una prevalencia de anticuerpos en las aves, que son reservorios para la transmisión del virus”.