Hasina tiene 12 años y cara de susto delante de la cámara. Son muchos adultos alrededor, haciéndole preguntas raras sobre cómo se siente o qué quiere ser de mayor. Estamos en un camino muy modestamente empedrado en mitad del campamento de refugiados más grande del mundo, en el sur de Bangladés, donde viven cerca de 1,2 millones de personas de la etnia musulmana de los rohinyás, huidos de la persecución que sufren en su país, Myanmar. Y este campamento, aparte de otras muchas cosas, tiene ojos y oídos por todas partes, así que, si algo de lo que dice le molesta a alguien, ese alguien se acabará enterando más pronto que tarde. Pero Hasina va contestando, a pesar de todo, con un hilo de voz. Tal vez empujada por esa convicción más o menos difusa, tan extendida aquí entre los refugiados, de que solo la concienciación internacional puede sacarles de este limbo en el que viven, aplastados entre el país que los expulsó, que les llegó a infligir una auténtica limpieza étnica hace ocho años, y el que los recibió, que no sabe muy bien qué hacer con ellos.
Así que Hasina cuenta por fin que le gusta jugar con sus amigas al parchís y que le encantaría seguir estudiando hasta convertirse en maestra. También le encanta Shiva, una serie india de dibujos sobre un niño con superpoderes. Se supone que no pueden salir de los campamentos, pero el mundo exterior se les cuela por muchas rendijas: pese a las dificultades para acceder a las tarjetas SIM y la precaria cobertura, los móviles con acceso a internet se ven por todas partes y, además, el flujo hacia y desde el exterior es constante, por la sencilla razón de que es imposible contener del todo los movimientos de semejante masa humana. Sin embargo, este gigantesco monstruo de casas de bambú y lonas, envuelto en barro muchos meses al año, es el centro del único mundo conocido por buena parte del medio millón largo de niños que vive aquí. Algunos, porque aquí es donde han nacido; otros, como Hasina, porque llegaron muy pequeños y no recuerdan nada de Myanmar. Probablemente por eso la mayoría no entiende muy bien qué les están preguntando cuando se les pide que imaginen dónde les gustaría estar el año que viene o dentro de cinco: miran perplejos, sin contestar.











