Hace unas semanas, una asociación sueca que aboga por la superioridad de cualquier arquitectura clásica —y cuyo nombre no reproduciremos aquí por razones de higiene intelectual— decidió otorgar su flamante “Premio Internacional a la Atrocidad Estética” a un edificio estadounidense. El edificio en cuestión es Simmons Hall, diseñado por Steven Holl para el MIT y, según estos paladines de la belleza perdida, es “el más feo de Estados Unidos”. Lo han dicho en serio. Con nota de prensa y todo.
Aclaremos primero lo obvio: no vamos a dar publicidad gratuita a un colectivo que, en su propia web, afirma preferir vivir en una réplica de Disneyland antes que en una ciudad contemporánea de verdad. Porque, como bien sabemos por Niebla, de Unamuno; por El show de Truman, de Peter Weir; o por Matrix, de las Wachowski, elegir lo falso suele tener consecuencias bastante chungas. Nadie sale indemne de vivir dentro de una maqueta. Al final, todo es estuco. Literal y simbólicamente.
Y segundo, porque este tipo de nostalgia estética suele ser —y aquí ya nos entendemos sin necesidad de poner ejemplos— el caballo de Troya de otra nostalgia un poco más peligrosa. La del orden. La de cuando todo estaba “en su sitio”. La de cuando no molestaban los otros.






