Bolivia cerró este domingo, en la primera vuelta de las elecciones presidenciales, una de las páginas más largas y determinantes de su historia reciente. Por primera vez en dos décadas, la izquierda ha quedado fuera de la contienda por la presidencia. El Movimiento al Socialismo (MAS), que bajo el liderazgo de Evo Morales inauguró en 2006 un ciclo político marcado por la expansión del Estado, la redistribución de la renta y un inédito protagonismo de los sectores indígenas y campesinos, ha quedado relegado prácticamente a la irrelevancia electoral. El resultado de las elecciones del 17 de agosto representa una derrota que no es coyuntural, sino estructural: la izquierda boliviana se asoma al abismo después de 20 años de hegemonía.

El derrumbe no se explica sólo por el desgaste natural de un partido que ha gobernado demasiado tiempo. El MAS pagó el precio de sus divisiones internas, del enfrentamiento entre “evistas” y “arcistas”, de la obstinación de Morales por tratar de regresar al poder y de la falta de renovación real en sus cuadros. El voto nulo, alentado por el propio expresidente como protesta contra su inhabilitación, alcanzó casi una quinta parte de las papeletas y debilitó aún más al que se consideraba su delfín, Andrónico Rodríguez, quien apenas logró un 8% de apoyo. Al final, el MAS quedó reducido a un actor secundario sin representación significativa en diputados ni senadores.