Un enfrentamiento en el Legislativo estatal de Texas por una reforma electoral, lejos de suponer una anécdota, está siendo un episodio revelador de los esfuerzos de los republicanos, bajo las órdenes de Donald Trump, para modificar las leyes electorales estadounidenses en su descarado beneficio, con vistas a las elecciones de 2026.

El número de representantes (diputados) que corresponde a cada Estado es proporcional a la población, medida en el censo cada 10 años. Luego, corresponde a cada Estado establecer cómo dividir el territorio en tantos distritos (circunscripciones) como le corresponda. Algunos Estados tienen una comisión independiente para establecer las fronteras electorales, pero en la mayoría el mapa lo dibuja el Legislativo estatal. Y, especialmente en los gobernados por republicanos, se hace de forma descaradamente partidista: en las pasadas elecciones en Texas, cuyas grandes ciudades son demócratas, los republicanos obtuvieron casi dos tercios de los escaños con el 58% de los votos. Entre la división ideológica del país y las circunscripciones diseñadas a conveniencia, el resultado es que solo unas decenas de los 435 escaños son verdaderamente competitivos en las elecciones a la Cámara de Representantes.