¿Deben los delegados que viajarán desde todo el mundo hasta Belém (Brasil) a negociar cara a cara los próximos pasos en algo tan trascendental como la lucha contra el cambio climático compartir cuarto o cada uno debe disponer de una habitación individual? A las puertas de la primera cumbre del clima de la historia que la ONU celebrará en un escenario simbólico como la Amazonia, el tema que monopoliza el debate entre los participantes de la COP30 es ese: los precios absolutamente desbocados de los hoteles para un evento de 11 días. La tarifa media ronda los 700 dólares por noche, un precio por el que se puede disfrutar de una habitación con vistas al mar en el Copacabana Palace, el hotel con más clase de Río de Janeiro, aunque solo los lunes y en temporada baja. La ministra brasileña de Medio Ambiente y Cambio Climático, Marina Silva, no ha dudado en calificar los precios de Belém como pura extorsión.
Traer al mundo a Amazonia para discutir sobre cambio climático es un empeño del presidente Luiz Inácio Lula da Silva. El veterano político quiere que los que tanto citan la mayor selva tropical del mundo, y su impagable función para regular la temperatura planetaria, la conozcan de cerca o al menos saboreen algunos de los desafíos que entraña protegerla. Belém queda en la desembocadura del Río Amazonas. Es la puerta a la selva amazónica, que Brasil comparte con ocho países; pero también la capital de Pará, el estado brasileño que más deforesta.






