Hace unos días se anunció el cierre del diocesano Seminario Conciliar (por el de Trento) de Barcelona. Algunos obispos solían utilizar esos seminarios como un jalón en su concurso de méritos ante la jerarquía vaticana de Juan Pablo II o Benedicto XVI. El Papa Francisco lo relativizó. Los tiempos cambian incluso en la eterna Roma, y un seminario interdiocesano no es una mala solución para agrupar a esas menguantes vocaciones (una veintena en Barcelona), en una Cataluña en la que cada vez es menor el peso del catolicismo después de años de credo único, obligatorio e indivisible. El problema es más de fondo.

El sector más conservador de la Iglesia atribuye la escasez de vocaciones al que juzga excesivo acercamiento a la sociedad. En cambio, para parte de los creyentes catalanes, esa apertura es insuficiente porque la jerarquía eclesial es timorata a la hora de abordar cuestiones como el crucial acceso de las mujeres al sacerdocio o el celibato opcional. El aggiornamento sigue siendo la gran cuestión pendiente.

Lo que para parte de los creyentes catalanes es una necesidad, para purpurados y mitrados sigue siendo una línea roja infranqueable. En el ínterin, entre ese viejo mundo que se ha hecho fuerte en las estructuras de poder y el nuevo al que se impide nacer, aparecen monstruos. Ejemplos no faltan. Ahí está la diócesis de Vic y su obispo, Romà Casanova, entregando sus parroquias a integristas de la congregación del Verbo Encarnado, nacida al calor de la dictadura militar argentina e intervenida por el Vaticano por casos de pedofilia de su fundador. En la que fuera diócesis de Torras i Bages se da poderes a quienes por otra parte ya han sido expulsados por los mitrados de Turín o Granada