Una vez más, Trump amenaza y no da. Cuando quien tiene enfrente es más fuerte, claro. Si es más débil, entonces saca pecho y se crece. Basta comparar el trato más que deferente hacia Putin en la Cumbre de Anchorage con la vergonzosa y humillante encerrona que organizó para Zelensky en la Casa Blanca. Alfombra roja, desfile aéreo, aplausos y sonrisas, asiento compartido en la limusina blindada presidencial y ni un solo reproche para el dictador sobre el que pesa una orden internacional de detención por crímenes de guerra y que ha rechazado una vez más el imprescindible alto el fuego previo a una negociación de paz equilibrada.
Ante el presidente democrático, que eligió resistir al invasor en vez de la huida y el exilio, en cambio, todo han sido exigencias de contratos leoninos para explotar recursos minerales, restricciones en el suministro de armas y negativa a cualquier garantía seria de seguridad para después del alto el fuego incondicional que ya ha aceptado.
Trump iba a imponerlo en 24 horas. Han pasado siete meses desde la promesa, dirigida también a Israel, y Putin sigue riéndose en sus barbas. Como Netanyahu. Siempre termina arrugándose, tal como reza la consigna de sus adversarios, que tanto le exaspera: “Trump always chicken out”.
















