En la política de una semana abrazos y otra balazos que sigue el presidente Donald Trump con México, la entrega de capos que cumplen condena se ha convertido en una válvula de escape. El envío a Estados Unidos de otra remesa de 26 delincuentes encarcelados en México se sucede solo una semana después de que se conociera una supuesta orden ejecutiva en aquel país que permitiría a sus Fuerzas Armadas combatir en Latinoamérica a los carteles de la droga. Las políticas de seguridad parecen bailar cada día al son que toca el vecino del norte, lo mismo las incautaciones de fentanilo que las detenciones de narcotraficantes o la entrega de reclusos. Con una crucial negociación comercial de fondo, nada indica que los reclamos del presidente estadounidense vayan a cesar ni tampoco que México pueda decir basta. La pregunta es si se conformarán con la entrega de capos o avanzarán hacia otro de los objetivos que menciona Trump de forma recurrente: los políticos coludidos con el narcotráfico.

Trump está librando contra México una guerra verbal cuyos misiles deja caer de tarde en tarde y recoge los frutos poco después. “Esta relación bilateral no se puede decir de cooperación, sino de extorsión”, dice el experto en seguridad Carlos Pérez Ricart. “La nueva ofrenda de reclusos, porque no se puede llamar de otra manera, viene antecedida por los reportes de invasión a México o a Venezuela, da lo mismo, y México responde a ello para salvaguardar un bien mayor, su estabilidad económica y el tratado comercial”, explica el investigador internacionalista. Y advierte de la paradoja que resulta de estos intercambios, “que vuelven cada vez más débil a México frente al poder hegemónico, que se hace con informantes protegidos y con una fuerte herramienta para seguir negociando los asuntos económicos. Es un círculo vicioso del que será difícil escapar”.