En un momento de Materialistas, el personaje de Dakota Johnson dice que si algo distingue al verdadero amor es que es fácil. Cuando surge, fluye, y eso es justo lo que no le sucede a la segunda película de Celine Song después de su aplaudido debut con la algo sobrevalorada Vidas pasadas (2023). Nuevamente, se trata de un triángulo amoroso, pero su ópera prima poseía un encanto del que carece Materialistas.

La cautivadora mirada hacia el destino y el amor de Vidas pasadas, su melancólico viaje al tiempo adolescente confrontado al presente adulto, tocaba emociones muy reales, pero su segunda película —escrita también por Song, curtida dramaturga coreano-canadiense— roza el despropósito en su resolución final, además de ser un intento aburrido de comedia romántica que no logra levantar el vuelo.

Dakota Johnson es Lucy, una casamentera de éxito que se gana muy bien la vida encontrando pareja para sus clientes. Su forma de entender el matrimonio es pragmática y fría, siempre con la calculadora en la mano. Song salpica los diálogos de Materialistas de forzados juegos de números, ya sean de las cuentas corrientes de sus clientes o de sus centímetros de altura. Ellos tienen que ser ricos y altos. Ellas, guapas y jóvenes. Lucy es soltera y se aplica a sí misma sus recetas de cinismo hasta que conoce a un millonario (Pedro Pascal) y su ex, un actor sin un duro (Chris Evans), reaparece en escena.