Es verano y la producción de toldos y persianas se encuentra a pleno rendimiento. A falta de aire acondicionado, sea por capacidad económica, dificultades de instalación, caseros indiferentes al bochorno de sus inquilinos o voluntad de ahorro energético, un equipamiento digno bien puede salvar del calor estival, más allá de los socorridos ventiladores, los climatizadores evaporativos y los refrigeradores portátiles conocidos como pingüinos, entre otros. Al ser de quita y pon, la persiana de pleita, un trenzado de esparto crudo, y las persianas alicantinas o de tablilla vuelven además a llevarse en zonas con fachadas protegidas donde no se pueden instalar persianas o toldos más invasivos.

En Ubedíes Artesanía, de Úbeda (Jaén), el espartero Pedro Antonio Blanco dice que la demanda de persianas de pleita puede haber aumentado, pero, en lo que a él respecta, no nota mucha diferencia: tan atareado está que no tiene tiempo de comparar datos, y menos en temporada alta. “Salen muchísimas, las hago a piñón desde hace ya bastantes años”, explica a ICON Design. “Recibimos pedidos de la mitad sur de España, sobre todo de Andalucía. También algunos del norte”. Blanco pertenece a la sexta generación de trabajadores del esparto en su familia y lleva toda la vida viendo hacer alfombras y, en particular, persianas. Coser una persiana de pleita entera de un metro cuadrado, con la trenza ya hecha, estima que puede llevar entre tres y cuatro horas. “No son caras para el trabajo que tienen. El trabajo oculto del artesano es bastante duro, te duelen las manos, te pinchas. Las agujas tienen quince centímetros y están muy afiladas, porque el esparto afila las agujas. Hay pocos destinados a aprender el oficio y trabajar, porque lleva tiempo y porque la gente no quiere unos trabajos que sean tan fuertes”.