Cuando en 1906 Madeleine Dior compró Les Rhumbs, una casa con una hectárea de terreno desértico que bordeaba el cementerio de Granville, en Bretaña, no podía imaginar que su elección cambiaría la manera de vestir de las mujeres de la segunda mitad del siglo.
Madeleine Dior, que tuvo un hijo al que llamó Christian, dedicó muchos años de su vida a convertir aquel espacio con vistas al mar en un frondoso jardín. Sembró pinos, robles y cipreses que crecían “contra viento y marea”, según le gustaba repetir a su hijo, el modista.
En el jardín de su madre el pequeño Christian pasó muchas horas observando y aprendiendo. “Para mis ojos de niño era como una selva virgen”, contó en sus diarios. Allí aprendió a anunciar las estaciones por el color de las hojas y la furia con la que el viento golpeaba contra los árboles. Con su madre y los jardineros de la casa se convirtió en un experto en identificar la esencia de las flores y las bondades de la naturaleza.
En 1947 aquel jovencito cambió la historia de la moda con su primera colección, marcada por la línea Corolle con una silueta que recordaba a las flores invertidas en plena floración. Fue el hilo conductor que dio vida a las femme-fleurs (mujeres flores). Vestidas para agradar y recuperar la grandeza tras los años de austeridad de la II Guerra Mundial, esa silueta sería bautizada como new look, y simbolizaría el fin de las penurias y la vuelta de la suntuosidad y el lujo.






