Para aquellos pendientes de las rebajas para renovar armario o de las ofertas del día en el supermercado, resultará irrisoria la que se ha montado en las redes —y en los alrededores de los Alpes— por los aranceles del 39% que el presidente de Estados Unidos ha impuesto a las exportaciones suizas. Se trata del arancel más alto de los impuestos por EE UU entre los países desarrollados, con el argumento del abultado déficit comercial que Washington mantiene con la Confederación Helvética (39.000 millones de dólares en 2024, para un país de apenas nueve millones de habitantes). Sobre todo porque lo que más exportan los suizos (salvo el chocolate) no está al alcance de cualquier bolsillo. Los lingotes de oro —ojo, solo en pequeño formato de no más de un kilo, los bancos centrales pueden respirar tranquilos—, las cremas cosméticas de alta gama y los relojes de lujo son los principales damnificados de la guerra arancelaria.

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La decisión ha sacudido a la industria relojera suiza y al mercado del lujo en general, ya golpeado por la pérdida de entusiasmo de los consumidores chinos por estos productos. Por mucho que este sector se rija por normas distintas de las de la oferta y la demanda, los fabricantes ahora deben ajustar estrategias y decidir cómo aplican el nuevo arancel, si lo limitan al mercado estadounidense, si asumen una parte del incremento, si lo reparten por el mundo. Es un mercado con normas propias. De hecho, los relojes de lujo son lo que en economía se conoce como un bien Veblen: al aumentar su precio también aumenta su demanda, porque pasa a ser considerado un bien más exclusivo.