Año tras año, los verdaderos héroes y heroínas del Festival de Salzburgo son los instrumentistas de la Filarmónica de Viena, a quienes aplicar el calificativo de pluriempleados se les queda muy corto durante estos días. Sin ir más lejos, el sábado, la representación de Macbeth, en la que tocaron, concluyó pasadas las diez de la noche. El domingo, a las once de la mañana, ofrecieron un concierto sinfónico, también en la Grosses Festspielhaus, y a las tres y media ya estaban ocupando otra vez el foso, esta vez el de la Felsenreitschule, para tocar en el espectáculo titulado One Morning Turns into an Eternity. Y desde bastante antes de que empezara este último, más de media orquesta –incluida su concertino, Albena Danailova– estaba ya en el foso repasando pasajes en sus atriles. Es cierto que, acostumbrados a tocar a diario en la Staatsoper de su ciudad, sin que ello suponga renunciar a conciertos y giras, cuentan con un gran fondo de armario que les permite rotar para no cargarse de más horas de trabajo de las necesarias. Aun así, su multiactividad, y con directores diferentes en el podio, no puede dejar de causar asombro.
En el concierto sinfónico lucieron sus mejores galas (con una distribución de 16/14/12/10/8 en la sección de cuerda, que quedaba empequeñecida por las colosales dimensiones del escenario de la Grosses Festspielhaus) y presentaron un programa muy original con las décimas sinfonías de Gustav Mahler y Dmitri Shostakóvich, tan diferentes en todos los sentidos. Ambos compositores franquearon con ellas el umbral casi prohibido que había dejado Beethoven, principal referente de todos los sinfonistas posteriores. La del primero, sin embargo, quedó incompleta, mientras que la de su ferviente admirador soviético supuso, tras la muerte de Stalin, lo más parecido a un acto de autoafirmación, cuya muestra más patente es el repetido empleo del anagrama musical de su nombre y apellido (DSCH, es decir, Re-Mi bemol-Do-Si).









